martes 30 de diciembre de 2008

Para cambiar de piel


En el transcurso de nuestras vidas hemos cambiado muchas veces de piel, este cambio  ha sido algunas veces tan brusco  que nos ha traído dolor y sufrimiento, otras  veces el cambio ha sido  un proceso largo, no por eso menos doloroso. Así, hemos ido modificando nuestra forma interna y externa, expulsando los pedazos que van cayendo de nuestro cuerpo y de nuestra alma, pedazos que dejan el rastro de lo que fuimos, seres maleables, alquímicos que van expirando en el camino un sabor y un olor a viejo, para ir develando, poco a poco, durante la transformación, formas, sabores y olores nuevos.

De esta manera, vamos naciendo y muriendo continuamente, dentro de un círculo que se abre y se cierra, devorándonos, digiriéndonos, transformándonos en viejos y en niños,  arrojados constantemente a la tierra húmeda, al aire frío y al agua fresca. Con nuestras pieles podemos sentir el olor de la tierra, deslizarnos al compás del agua y del aire disfrutando y conquistando lo perdido en el tiempo.

 El color de las pieles varía según el estado de la  mente y el alma de sus portadores, algunas son blancas y frías como la luna, cansadas y frágiles ante la luz del sol,  prefieren esconderse de los ojos para no ser desintegradas con el calor de las miradas, otras son duras y rojas como  rocas mostrando en sus contornos, impresas las arrugas del tiempo, acorazadas en sus texturas para no sentir la presencia de su entorno, ellas se van consumiendo en un eco silencioso, otras pieles son  brillantes, semejantes al  reflejo del agua,  destellando chispas de colores, que al tocarlas se disuelven velozmente, mostrando la ilusión de su embrujo, existiendo solamente para ser admiradas, jamás tocadas ni sentidas, pieles vacías de amor.

Otra estirpe de pieles es tibia como regazo materno, trayendo a la memoria recuerdos de infancia al simple contacto con ellas, se nutren del calor de todas las demás pieles, emergen mutando infinidad de veces, haciéndose  más sensibles en cada transformación. Hay también pieles guerreras que se enfrentan a batallas internas buscando la  regeneración, la liberación anhelada, mostrando el camino de la muerte y  de la resurrección hacia la forma verdadera, hacia el calor inagotable, hacia la piel final con la que se puede recorrer los senderos infinitos dentro y fuera de uno mismo.

Así descubrimos que para cambiar de piel caminamos, para cambiar de piel existimos, para vernos renacer, levantarnos y vivir plenamente, para encontrarnos desnudos despojados de aquello que nos atrapa,  aquello que nos limita, para quedar sólo piel nueva que brota desde las profundidades del interior, aquel que  lucha por emerger y revelarse ante nosotros develando nuestro verdadero rostro y nuestro verdadero  nombre…